12.9.26

«SIEMPRE NOS QUEDARÀ MARSELLA...»

 Introducció a El sol de los moribundos, de Jean-Claude Izzo

(Barcelona: Sajalín 2026), amb Àlex Martín Escribà 




«Puestos a diñarla, mejor diñarla al sol.»

Jean-Claude Izzo

 

 

 

 

«Llévame hasta los confines de la tierra, llévame al país de la maravillas, me parece que la miseria, sería menos dolorosa al sol», entonaba dulcemente el cantautor Charles Aznanour en Emmenez-moi, en un anhelo de huir de la miseria y de la dura vida cotidiana. De pobreza e indigencia, de vagabundos y sintecho trata precisamente El sol de los moribundos, última novela del escritor, periodista, novelista y poeta marsellés Jean-Claude Izzo. Nacido en el popular barrio portuario del Panier, repleto de marineros y prostitutas, hijo de un camarero italiano y de una costurera de padre español, militante comunista del psu (Parti Socialiste Unifié), después del pcf (Parti Communiste Français), y miembro fundador del cobiac (Collectif de Bibliothécaires et intervenants en Action Culturelle), está considerado uno de los padres del «polar provenzal», etiqueta referida a aquellas narraciones criminales ambientadas en Marsella y alrededores.

 

De hecho, toda la obra narrativa de Izzo gira en torno a Marsella. Recordemos la célebre trilogía publicada en la «Série Noire» de Gallimard del investigador Fabio Montale —Total Kheops (1995), Chourmo (1996) y Soleá (1998)—, que rápidamente se convirtió en un rotundo éxito de crítica y público, galardonada con diversos premios como el Prix des Lycéens i el Trophée 813. Cabe destacar que la urbe es la gran protagonista con sus calles y paisajes, colores y olores, gastronomía y placer, pesimismo y desencanto. Se trata de una mirada a una ciudad beligerante y compleja sometida a diversas problemáticas —mafias, inseguridad ciudadana, tráfico de drogas por su condición portuaria, corrupción policial, especulación inmobiliaria—, amplificadas por el crecimiento exponencial de la inmigración, causante de discursos xenófobos, que evidencia la sociedad violenta y despiadada de los barrios marselleses, reflejados como un canto evocador a medio camino entre la nostalgia y la crónica desencantada. Además de la ciudad, la trilogía tiene como hilo conductor la presencia de Fabio Montale, policía antifascista que reside en Les Goudes, amante del jazz, bebedor de Lagavulin, perdedor, sentimental, cínico y escéptico. Se trata de un personaje que reivindica el discurso de la memoria, que no solo es sinónimo de nostalgia e identidad, sino sobre todo del dolor.


Ahora bien, dentro de su repertorio hay otros títulos alejados de convencionalismos y arquetipos del género policíaco, como Los marineros perdidos (1997), la historia de tres navegantes atrapados en un viejo carguero en el puerto de Marsella, o la recopilación de cuentos Vivre fatigue (1998), que explora los rincones más oscuros del alma humana. Dentro de este repertorio hay que añadir El sol de los moribundos que, como hemos mencionado, es la última novela de Jean-Claude Izzo, publicada por Flammarion en septiembre de 1999, tan solo cuatro meses antes de su muerte a los cincuenta y cuatro años, aquejado de un avanzado cáncer de pulmón. Quizás esta sea la más existencialista de todas las que escribió, un auténtico canto desesperanzado y aterrador de hasta dónde pueden llegar los límites de la miseria humana. Y lo hace de la mano de Tití, Rico y Dedé, unos sintecho que vagabundean en busca de un camino de dignidad humana donde sobrevivir en un podrido mundo capitalista. Un camino repleto de miradas perdidas, voces desesperadas que se diluyen entre la multitud, ignoradas y menospreciadas por los transeúntes. Se trata de personajes invisibles, marginados y repudiados por la sociedad, hambrientos y sedientos bajo unas condiciones de vida infrahumanas, capaces de recoger del suelo cualquier resto de comida o de evocar algún recuerdo feliz como último refugio. En este sentido resultan especialmente significativas las analepsis donde afloran los recuerdos acompañados de melodías, dimensiones de la memoria, como las del propio Aznavour, Jacques Brel y Alain Souchon, que funcionan como íntimos anclajes de identidad.


A diferencia del resto de su producción, El sol de los moribundos se inicia en París e Izzo plantea la novela como una auténtica odisea homérica, que lleva al protagonista finalmente a Marsella, porque «puestos a diñarla, mejor diñarla al sol». Lo mismo que hizo el propio autor que, inevitablemente, regresó a su ciudad para morir.