Introducció a El sol de los moribundos, de Jean-Claude Izzo
(Barcelona: Sajalín 2026), amb Àlex Martín Escribà
«Puestos a diñarla, mejor diñarla al sol.»
Jean-Claude Izzo
«Llévame hasta los confines de la tierra, llévame al país
de la maravillas, me parece que la miseria, sería menos dolorosa al sol»,
entonaba dulcemente el cantautor Charles Aznanour en Emmenez-moi, en un anhelo de huir de la miseria y de la dura vida
cotidiana. De pobreza e indigencia, de vagabundos y sintecho trata precisamente
El sol de los moribundos, última
novela del escritor, periodista, novelista y poeta marsellés Jean-Claude Izzo.
Nacido en el popular barrio portuario del Panier, repleto de marineros y
prostitutas, hijo de un camarero italiano y de una costurera de padre español,
militante comunista del psu (Parti
Socialiste Unifié), después del pcf
(Parti Communiste Français), y miembro fundador del cobiac (Collectif de Bibliothécaires et intervenants en
Action Culturelle), está considerado uno de los padres del «polar provenzal»,
etiqueta referida a aquellas narraciones criminales ambientadas en Marsella y
alrededores.
De hecho, toda la obra narrativa de Izzo gira en torno a
Marsella. Recordemos la célebre trilogía publicada en la «Série Noire» de
Gallimard del investigador Fabio Montale —Total
Kheops (1995), Chourmo (1996) y Soleá (1998)—, que rápidamente se
convirtió en un rotundo éxito de crítica y público, galardonada con diversos
premios como el Prix des Lycéens i el
Trophée 813. Cabe destacar que la
urbe es la gran protagonista con sus calles y paisajes, colores y olores,
gastronomía y placer, pesimismo y desencanto. Se trata de una mirada a una
ciudad beligerante y compleja sometida a diversas problemáticas —mafias,
inseguridad ciudadana, tráfico de drogas por su condición portuaria, corrupción
policial, especulación inmobiliaria—, amplificadas por el crecimiento
exponencial de la inmigración, causante de discursos xenófobos, que evidencia
la sociedad violenta y despiadada de los barrios marselleses, reflejados como
un canto evocador a medio camino entre la nostalgia y la crónica desencantada.
Además de la ciudad, la trilogía tiene como hilo conductor la presencia de
Fabio Montale, policía antifascista que reside en Les Goudes, amante del jazz,
bebedor de Lagavulin, perdedor, sentimental, cínico y escéptico. Se trata de un
personaje que reivindica el discurso de la memoria, que no solo es sinónimo de
nostalgia e identidad, sino sobre todo del dolor.
Ahora bien, dentro de su repertorio hay otros títulos alejados
de convencionalismos y arquetipos del género policíaco, como Los marineros perdidos (1997), la
historia de tres navegantes atrapados en un viejo carguero en el puerto de
Marsella, o la recopilación de cuentos Vivre
fatigue (1998), que explora los rincones más oscuros del alma humana.
Dentro de este repertorio hay que añadir El
sol de los moribundos que, como hemos mencionado, es la última novela de
Jean-Claude Izzo, publicada por Flammarion en septiembre de 1999, tan solo
cuatro meses antes de su muerte a los cincuenta y cuatro años, aquejado de un
avanzado cáncer de pulmón. Quizás esta sea la más existencialista de todas las
que escribió, un auténtico canto desesperanzado y aterrador de hasta dónde
pueden llegar los límites de la miseria humana. Y lo hace de la mano de Tití,
Rico y Dedé, unos sintecho que vagabundean en busca de un camino de dignidad
humana donde sobrevivir en un podrido mundo capitalista. Un camino repleto de
miradas perdidas, voces desesperadas que se diluyen entre la multitud, ignoradas
y menospreciadas por los transeúntes. Se trata de personajes invisibles,
marginados y repudiados por la sociedad, hambrientos y sedientos bajo unas
condiciones de vida infrahumanas, capaces de recoger del suelo cualquier resto
de comida o de evocar algún recuerdo feliz como último refugio. En este sentido
resultan especialmente significativas las analepsis donde afloran los recuerdos
acompañados de melodías, dimensiones de la memoria, como las del propio
Aznavour, Jacques Brel y Alain Souchon, que funcionan como íntimos anclajes de
identidad.
A diferencia del resto de su producción, El sol de los moribundos se inicia en
París e Izzo plantea la novela como una auténtica odisea homérica, que lleva al
protagonista finalmente a Marsella, porque «puestos a diñarla, mejor diñarla al
sol». Lo mismo que hizo el propio autor que, inevitablemente, regresó a su
ciudad para morir.












