13.7.22

EDITAR MAL, ¿NO ES ACASO UN CONCEPTO EQUIVOCADO DE LA VIDA?: EL CASO DE LA JUNGLA DE ASFALTO, DE W.R. BURNETT, EN RBA.

 article inèdit (2021)



La jungla de asfalto, un clásico del género negro 

En 1949 Alfred A. Knopf publica la novela The Asphalt Jungle, de W.R. Burnett, que es rápidamente aclamada por la crítica. Antes, Dore Schary, en aquel entonces jefe de producción de la Metro-Goldwyn-Mayer, había comprado los derechos de adaptación de la novela cuando ésta era aún un manuscrito, en un esfuerzo por igualar el éxito que la Warner Brothers obtuvo con las adaptaciones de novelas de Burnett como Little Caesar y High Sierra. Al año siguiente —el 23 de mayo de 1950—, se estrena la homónima adaptación cinematográfica realizada por John Huston, que consigue cuatro nominaciones a los Oscar ―como mejor director, mejor actor secundario, mejor guión adaptado y mejor fotografía en blanco y negro―, y Sam Jaffe se alza con la Copa Volpi en el Festival de Venecia como mejor actor. El film marca un hito en el cine negro de la época.

La jungla de asfalto no está protagonizada por un detective privado ni por las fuerzas del orden, sino por un grupo de delincuentes, una banda de atracadores que se reúne circunstancialmente para realizar un golpe en una importante joyería de una ciudad del Medio Oeste, todos ellos profesionales en su campo. El film narra la preparación y ejecución de un robo muy bien planeado que, finalmente, fracasa debido a una serie de imprevistos relacionados con el factor humano. En España la película de Huston llega apenas medio año después que a las pantallas norteamericanas —el 18 de diciembre de 1950—, y al año siguiente el editor Luis de Caralt publica la novela con traducción de José Mª Claramunda.

William Riley Burnett (Springsfield, 25 de noviembre de 1899 – Santa Mónica, 25 de abril de 1982), escritor y guionista, es el máximo exponente de la crook story, una corriente de la novela negra norteamericana que otorga el protagonismo de la narración al delincuente profesional. Burnett, «cubre toda la historia de la novela negra y a través de una esfera muy particular: la contemplación de la delincuencia profesional desde su propio interior y en sus distintas plasmaciones al compás de sucesivas etapas»,[1] y su obra —hasta 1981 con Good-bye, Chicago: 1928, final de una era (Goodbye, Chicago: 1928, End of an Era)— se convierte en la crónica de la evolución del crimen en Estados Unidos. En su primera novela, El pequeño César (Little Caesar, 1929), Burnett retrata la ascensión y caída de un gánster de origen italiano, Enrico Rico Bandello, en plena Ley Seca. Más tarde, con Alta Sierra (High Sierra, 1940), le toca el turno a otro tipo de delincuente consecuencia de la Depresión, el proscrito rural, encarnado en la figura de Roy Mad Dog Earle. Con La jungla de asfalto, su novela más compleja, el escritor norteamericano inicia una trilogía —«When I have something to say and I can't say it in one book, I do a trilogy»—[2] que denuncia la corrupción de la administración pública, que continuará con Little Men, Big World (1951) y Vanity Row (1952); y también abre una sublínea de la crook story, la narración del hold-up —el atraco a mano armada— desde el punto de vista de los atracadores.

La corriente de la crook story, que nace a finales de los años veinte, es continuada por autores como Pete Rabe, Donald E. Westlake, George V. Higgins, Elmore Leonard o Edward Bunker; y La jungla de asfalto influye decisivamente en la obra de Lionel White, autor especializado en la descripción de hold-ups, en novelas como Atraco perfecto (Clean Break, 1955). En La jungla de asfalto, Burnett retrata el delito en una gran ciudad como consecuencia de la contienda mundial, y arma una novela coral con un puñado de individuos solitarios. El cerebro del golpe, Erwin Doc Riemenschneider, de ascendencia alemana, acaba de salir de prisión y ya lleva el plan del próximo atraco bajo el brazo; Charles Cobby, que regenta un garito de apuestas, anhela el prestigio y la seguridad de estar cerca de gente importante y se vanagloria de contar con la amistad de «El Gran Hombre»; Alonzo D. Emmerich, un corrupto abogado criminalista ―también de ascendencia alemana―, secretamente arruinado, con una mujer enferma y una amante, Angela Finlay, que podría ser su nieta; Dix Handley, hombre de campo, rudo pistolero y apostador a las carreras de caballos, con un personal código de honor, que sueña con volver a su Kentucky natal; Louis Bellini —también llamado Schemer—, de origen italiano, amantísimo esposo y padre, semirretirado revientacajas que se desvive por ofrecer un futuro a su familia; Gus Minisi, también italiano y amigo de Louis, jorobado que ama a los gatos y ocasional conductor en atracos, y Bob Brannom, detective sin escrúpulos, contratado por Emmerich para hacerse por la fuerza con la totalidad del botín una vez realizado el golpe.

Con estos elementos Burnett teje una historia de sospechas, traiciones y soledades; un estudio de caracteres, un retrato de la sociedad en la que un nuevo tipo de delincuencia salida de la posguerra toma el relevo al gansterismo de décadas anteriores, cuando aún contaban las reglas y los pactos, y en la que el delito se convierte en un negocio similar al de una empresa capitalista, con su jerarquía de funciones y objetivos. Y todo ello enmarcado en la corrupción de la administración pública e inmerso en la jungla de asfalto —la gran ciudad—, germen de la corrupción, en contraposición con la naturaleza, refugio de la inocencia. Pero el asalto a la joyería Pelletier empieza a torcerse. La fatalidad se cierne sobre sus actores. Una alarma que no debía sonar, suena. La caída fortuita de una pistola hace que ésta se dispare y hiera mortalmente a Louis. Emmerich, con la ayuda de Brannom, intenta hacerse con el botín, y en el tiroteo muere el detective y Dix sale malherido. Cobby y Gus son detenidos. Cuando Emmerich va a ser arrestado por la policía, se suicida; y la pasión por las jovencitas hace que Riemenschneider pierda unos minutos valiosísimos en un bar, y éste reflexiona poco después de ser atrapado: 

En teoría, los planes pueden ser perfectos; pero los planes, tanto para el robo, como el hecho a la casa Pelletier, como para una campaña militar o un negocio de gran envergadura (el crimen profesional no es otra cosa que una zurda intensificación de las formas normales del esfuerzo), han de ser ejecutados. Y han de ser ejecutados, no por máquinas bien engrasadas y sin alma, sino por hombres, por los mejores y más hábiles hombres de entre los que sufren las impronosticables aberraciones de su yo y de las emociones.[3] 


Lo terrible en el caso de Dix es que cuando consigue llegar —junto con su amiga Doll—, exhausto y herido de muerte hasta la granja de su niñez, descubre que la herencia de los Jamieson se ha malogrado. Una familia de polacos compró, diez o doce años atrás, la granja que ocuparon seis generaciones de sus ancestros. Una extraordinaria novela que cuenta, además de la de Huston, con otras tres adaptaciones cinematográficas: The Bandlanders (1958), de Elmer Davies, en clave de western; Cairo (1963), de Wolf Rilla, ambientada en Egipto; y Cool Breeze (1972), de Barry Pollack, un producto del blaxploitation de los años setenta, y también con una serie televisiva de la mgm de trece episodios, The Asphalt Jungle (1961), en la que el autor aparece acreditado como «serie basada en la historia de Burnett».

Desde el principio se ha hecho difícil leer La jungla de asfalto de Burnett sin poner a los personajes el rostro de los actores del film de Huston. ¿Acaso es posible imaginar otro rostro —otra apariencia— para Dix Handley que el de Sterling Hayden? Y qué decir del doctor Riemenschneider, ¿acaso alguien puede mejorar a Sam Jaffe? ¿O a Angela, interpretada por Marilyn Monroe? La novela de Burnett y el film de Huston quedarán indisolublemente unidos para siempre como obras maestras del género negro.

 

La forma en que algunos editan 

Por todo lo expuesto anteriormente, no cabe duda de que nos hallamos ante un gran clásico de un destacado autor de la primera generación de la novela negra norteamericana. Ahora vamos a ver el recorrido de este clásico en el mundo editorial español, y cómo le ha llegado al lector actual. Como hemos dicho más arriba, la primera traducción española de La jungla de asfalto es de José Mª Claramunda, publicada en 1951 por Luis de Caralt, en la colección «Club del Crimen»; y no es hasta el boom editorial de novela negra que sigue a la muerte de Franco que proliferan las publicaciones de La jungla de asfalto. En 1978 Luis de Caralt la reedita en la colección «Biblioteca Universal Caralt», y ya entonces el crítico Augusto Martínez Torres se lamenta de la traducción de Claramunda: 

Editada entre nosotros en su momento, agotada hace mucho tiempo, la reedición realizada hace unos meses tiene especial interés por aparecer en una etapa de máxima difusión de la «novela negra» en nuestro país y tratarse de una obra clave de un autor de primera línea que hoy está demasiado olvidado. Aunque es una pena que se haya empleado la misma apresurada, inconsistente y casi ilegible traducción que se hizo hace años para esta reedición.[4] 


Y a lo largo de la década de los ochenta varias editoriales publican la novela: Bruguera en 1982, como número 76 de la colección «Club del Misterio»; Orbis en 1984, en la «Biblioteca de Grandes Éxitos»; y Planeta en 1985, como número 11 de su colección «BestSellers. Serie Negra». Las dos últimas como La jungla del asfalto, y todas ellas con el copyright de la traducción de José Mª Claramunda de 1978.

En 2008, rba empieza a publicar en bolsillo algunos títulos clásicos en la colección «Clásicos novela negra», provenientes de catálogos de los años ochenta de editoriales ya desaparecidas, como Júcar o Bruguera; y en octubre reorienta la colección «Serie Negra», que viene editando desde 2001 en cartoné novedades bajo la dirección de Anik Lapointe, y fusiona la publicación de novedades y clásicos en la nueva «Serie Negra», en formato trade, con numeración y un diseño identificativo. En esta época rba me invita a realizar un prólogo para la nueva edición de la novela de Burnett. Supongo que al inaugurar una nueva etapa de la «Serie Negra» traducirán nuevamente La jungla de asfalto, haciendo suyas las palabras de Paul Valéry de que «cada generación debería traducir a los clásicos». Una suposición que viene refrendada por unas declaraciones de la propia Lapointe que apuntan en esa dirección: «"No escatimaremos medios ni recursos". Esto incluye que determinadas obras que fueron mal traducidas al castellano, sean revisadas».[5] Para la redacción del prólogo releo la edición de Planeta de 1985 y visiono varias veces el film de Huston. En las tres ediciones de los años 80 que consulto ―Orbis, Bruguera y Planeta― consta el copyright de la traducción de Claramunda de 1978, por lo que doy por supuesto que no había sido traducida hasta entonces, y en el prólogo afirmo que «hubo que esperar al boom de la novela negra de los ochenta para leer La jungla de asfalto».[6]

En octubre de 2008 aparecen los dos primeros números de la remodelada «Serie Negra»: La muerte de Amalia Sacerdote, de Andrea Camilleri, y La jungla de asfalto, de W.R. Burnett. La esperanza de que rba tratará la novela de Burnett como lo que es, un gran clásico, se desvanece al hojear el libro… Se continúa usando la misma traducción, una mala costumbre editorial que ya es señalada por Carlos Abio Villarig: 

En muchas ocasiones la misma traducción, una vez efectuada, servía para muchas editoriales posteriores, las cuales, en algunos casos condensaban el tt [texto traducido] de acuerdo a sus necesidades. En España este caso se dio con asiduidad e incluso ha llegado hasta el siglo xxi, en el que siguen apareciendo libros "nuevos" en el circuito comercial con traducciones realizadas hace más de 50 años (…); otro ejemplo sería el libro de William Riley Burnett, The Asphalt Jungle, traducido por José Mª Claramunda Bes en 1951 para la editorial Caralt con el título de Jungla de asfalto y vuelto a editar con el mismo texto para la editorial rba en 2008.[7]  


A pesar de las declaraciones de Anik Lapointe en una entrevista en la que afirma: «pasan los años y el lenguaje cambia, y a veces con todos los grandes clásicos cada veinte, cincuenta, treinta años tienes que hacer una nueva traducción. Se hace con la literatura y con algunos grandes libros»,[8] rba se limita a usar la traducción de José Mª Claramunda —¡57 años después!—, con algunas correcciones[9] que no solo no mejoran el texto sino que en algún caso modifica absolutamente el sentido de la frase. El corrector de rba elimina la palabra «zurda» de una frase crucial de la novela —imagino que por encontrarla demasiado «argentina»—,[10] y cambia totalmente su significado. Además de designar la mano izquierda, «zurda» también tiene otra acepción: «al contrario de cómo se debería hacer». Y así, la frase «professional crime being only a left-handed intensification of normal forms of endeavor»,[11] de Burnett, traducida como «el crimen profesional no es otra cosa que una zurda intensificación de las formas normales del esfuerzo», por Claramunda, se convierte en «el crimen profesional no es otra cosa que una intensificación de las formas normales del esfuerzo».[12] Es decir, para ese zurdo corrector, trabajar mucho es un crimen. Vaya por delante que «suena» bastante mejor el doblaje de la película de Huston que la traducción del libro, que es excesivamente literal, y la frase anterior, que Huston concentra y pone en boca de Emmerich, se convierte en la más comprensible «el crimen es la consecuencia de un concepto equivocado de la vida».[13]

La adaptación de John Huston es muy fiel a la novela, o esto debió pensar quien redacta la sinopsis de la contracubierta que —para qué perder tiempo, o acaso para «no intensificar las formas normales del esfuerzo»— se limita a hacer un refrito de la contracubierta de la edición en dvd de la película,[14] sin ser consciente que Huston había cambiado algunos nombres de los personajes de la película respecto de los de la novela: 

Erwin Doc Riedenschneider, un criminal legendario que acaba de salir de la prisión, tiene un plan brillante para robar una joyería. En busca de apoyo financiero, propone la idea al abogado corrupto Alonzo D. Emmerich. Emmerich acepta financiarlo y Doc prepara el golpe sin sospechar de las verdaderas intenciones de su protector. Para llevar a cabo el robo necesita reclutar a varios hombres; al experto en cajas fuertes Louis Ciavelli, al chofer Gus Minissi y al matón Dix Handley. El robo es todo un éxito y Dix y Doc llevan el botín a su comprador, Emmerich que, arruinado y en bancarrota como consecuencia de un loco romance, intentará apoderarse de las joyas robadas.[15] 


Así el cerebro del atraco, que en la novela se llama Riemenschneider, en la película —y en la contracubierta— es Riedenschneider. Parecidos pero diferentes. Peor, aún, es el caso de Louis Bellini, también llamado Schemer en la novela, que en la película —y, sí, también en la contracubierta— es Louis Ciavelli, y Gus Minisi se convierte en Gus Minissi, como en el film. Si a todo lo expuesto anteriormente, le añadimos la frase que aparece en la contraportada: «La primera edición de esta obra fue publicada por Editorial Bruguera en 1978» y mi error en el prólogo, en el que afirmaba que «hubo que esperar al boom de la novela negra de los ochenta para leer La jungla de asfalto»…[16] el desaguisado total estaba servido. En 2012 rba reedita la novela en la «Serie Negra» en cartoné, un nuevo diseño de la colección y un nuevo texto en la contracubierta: 

Erwin 'Doc' Riemenschneider, un criminal legendario que acaba de salir de la prisión, tiene un plan brillante: robar una joyería. Con ayuda del abogado corrupto Alonzo D. Emmerich preparan el meticuloso golpe y reclutan a un experto en cajas fuertes, Louis Bellini, a un chofer, Gus Minissi, y al matón, Dix Handley. El robo es todo un éxito, pero el reparto del botín resultará más sorprendente y peligroso de lo que se puedan llegar a imaginar.[17] 


Se mantiene el prólogo y la mismas correcciones a la traducción de José Mª Claramunda; y esta misma edición, pero sin prólogo y con otro texto en la contracubierta, en el que vuelve a aparecer Louis Ciavelli en lugar de Luis Bellini y Gus Minissi en lugar de Gus Minisi, la ofrece el diario El País en agosto de 2014 como promoción veraniega en una selección de 15 «Grandes clásicos de la novela negra». Ya en 1957 Rafael Tasis advertía que en nuestro país la novela policíaca se presentaba usualmente como un género menor:

 

Una rutina editorial, que parece difícil de contradecir, ha hecho que, aquí, la novela policíaca se presentara usualmente como un género menor, por lo menos en la presentación externa y en el precio de venta. Claro está que este último detalle, si no va acompañado de unas tiradas considerables, como las que tienen los paperbacks americanos e ingleses (de los cuales los más conocidos y prestigiosos son «Penguin», «Pocket» y «Signet Books»), hace que, automáticamente, el autor de novelas policíacas esté mal pagado, que las traducciones sean malas y que el lector se acostumbre a considerar este tipo de libros como un manjar para paladares poco exigentes en calidad literaria.[18] 


Hace algunos años Clémentine Thiebault y Mikaël Demets, en un interesante artículo repasaban el maltrato que han sufrido los clásicos de la novela negra en el mundo editorial francés ―recuérdese que la colección «Série Noire» de Gallimard limitaba a un máximo de 254 páginas sus novelas, y lo que no cabía se cortaba― y afirmaban que, en la década de 1950 y hasta hace poco, los editores no han dudado en recortar los costes de traducción y producción de las novelas negras, consideradas durante mucho tiempo un subgénero: 

Finalmente, «traduciendo» es donde surge el problema. Para llegar a una gran audiencia, y obviamente a un público popular, dado que la novela policíaca, como todavía se la llama, es algo destinado a las clases bajas, es necesario reducir costes. Ahorrar a toda costa. De entrada, la paga del traductor que, inevitablemente, hace una chapuza y no siendo un gran especialista en inglés, acumula errores, malas interpretaciones y absurdos. [19] 


Así las cosas, y mientras ahora muchas editoriales europeas vuelven a traducir a los grandes clásicos de la novela negra norteamericana, setenta años después de la edición de The Asphalt Jungle, el lector español solo cuenta con la versión de José Mª Claramunda —con la desafortunada intervención del corrector de rba— para acercarse a ese magnífico clásico, y rba reincide nuevamente en 2017 y en 2021, con nuevas ediciones y la misma traducción. Visto lo visto, señoras y señores, ¿no consideran que editar mal es, también, la consecuencia de un concepto equivocado de la vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Coma, Javier. La novela negra: Historia de la aplicación del realismo crítico a la novela policíaca norteamericana. Barcelona: Ed. 2001, 1980, p. 39.

[2] Backstory: Interviews with Screenwriters of Hollywood’s Golden Age. Edited and with an introduction by Pat McGilligan. Berkeley: University of California, 1986, p. 76.

[3] Burnett, W.R. La jungla del asfalto. Traducción de José Mª. Claramunda. Barcelona: Planeta, 1985, p. 178.

[4] Martínez Torres, Augusto. «Un clásico de la novela negra». En: El País, 19 de septiembre de 1979.

[5] León-Sotelo, Trinidad de. «Vuelven los grandes clásicos de la novela negra». En: abc, 9 de octubre de 2008.

[6] Canal, Jordi. «La consecuencia de un concepto equivocado de la vida». En: Burnett, W.R. La jungla de asfalto. Barcelona, rba, 2008, p. 7.

[7] Abio Villarig, Carlos. Políticas de traducción y censura en la novela negra norteamericana publicada en España durante la II República y la dictadura franquista (1931-1975) [en línea]. Alicante: Universidad de Alicante, 2013, p. 191 [tesis doctoral]. < http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/35561/1/tesis_carlos_abio_villarig.pdf>. [consulta: 13-12-2019].   

[8] Lapointe, Anik. «Club de Lectura». En: Onda Regional de Murcia, 19 de febrero de 2009.  

[9] La mayoría de correcciones son actualizaciones de lenguaje, del tipo «otros tiempos» en vez de «tiempos pretéritos»; «goma elástica» por «gomilla»; «iba asiduamente» por «concurría»; «señor» por «mister» o «por supuesto» en vez de «a su gusto», pero nunca se replantea una frase entera.

[10] En los años setenta y ochenta algunas editoriales españolas ―Júcar, Bruguera, etc.― usaron traducciones argentinas de novela negra para el mercado español. Muchas novelas se han reeditado más tarde con algunas correcciones.

[11] Burnett, W.R. The Asphalt Jungle. Montreal: Pocket Books of Canada, 1950.

[12] Burnett, W.R. La jungla de asfalto. Traducción de José Mª. Claramunda. Barcelona: rba, 2008, p. 247.

[13] En el film original: «After all, crime is only a left-handed form of human endeavor».

[14] Huston, John. La jungla de asfalto [dvd]. [s.l.]: Warner, 2009.

[15] Burnett, W.R. La jungla de asfalto. Traducción de José Mª. Claramunda. Barcelona: rba, 2008.

[16] Canal, Jordi. «La consecuencia de un concepto equivocado de la vida». En: Burnett, W.R. La jungla de asfalto. Barcelona: rba, 2008.

[17] Burnett, W.R. La jungla de asfalto. Traducción de José Mª. Claramunda. Barcelona: rba, 2012.

[18] Tasis, Rafael. «Ètica i estètica de la novel·la policíaca: (Notes per a un llibre que mai no escriuré». En: Quart creixent, juliol 1957, núm. 2.

[19] Thiebault, Clémentine; Demets, Mikaël. «Révise tes classiques». En: Le Monde, abril-juin 2014, hors-série.